Desde el jainismo a la agricultura profunda

Quizás cuando se dan muchas vueltas a una idea, al final acaba quedando redonda, como una piedra de río, porque erosionas las esquinas de tanto pasar y pasar. Mis ideas nunca sé qué forma tienen, pero deben ser suficientemente angulosas, pues a menudo me provocan dolores de cabeza.

Mover la energía del universo es un tema complicado. Muchas veces no se qué estoy pidiendo en realidad y no entiendo el porqué de lo que sucede en mi vida. Steiner y Goethe decían algo parecido a que la sabiduría está flotando en el universo y que uno sólo tiene que recogerla y acogerla. Yo, lo intento cada día …

La agricultura es mi manera de relacionarme con el universo. Se trata de colaborar en los procesos para crear alimentos. Ya no puedo decir “producir” alimentos, me siento arrogante cuando lo hago: prácticamente todo lo hace la Madre Tierra y yo sólo pongo una parte infinitesimal de la energía.

Este pensamiento me lleva a escribir brevemente sobre el jainismo. Hasta hace no mucho, sólo había oído hablar en algún documental sobre la India: son jainas aquellos monjes que caminan arrodillados pasando un cepillo donde deben pisar para no matar a ningún insecto ni ninguna otra forma de vida. Decía Krishnamurti que ninguna religión nos puede llevar a la espiritualidad ni a la libertad. Decía, también, que la verdad es una tierra sin caminos. Yo coincido. A priori, ésta parece una religión alejada de la realidad del mundo. Satish Kumar, en su libro “Tú eres, luego yo soy” me hizo pensar en los matices. Él fue monje jaina en su infancia. No pasa un cepillo por donde debe pisar físicamente. Lo hace espiritualmente. Su madre trabajaba la tierra, pero lo hacía con todo el respeto y amor, pidiendo perdón a todos los seres que se vieran perjudicados por su trabajo y dando las gracias cada día por todo lo que la tierra le daba.

Ya son muchos años de trabajar con la tierra. Muchas horas bajo el sol para meditar en movimiento, intentar dejar un espacio en el alma y la mente para que entre este tipo de iluminación, que sería la respuesta a la pregunta eterna: ¿qué estoy haciendo? O, tal vez, no es esa la pregunta. ¿Por qué lo hago así? Donde me lleva todo esto? ¿Qué es la agricultura? Hay una frase, escrita en un muro de Quito, que citaba Mario Benedetti, que definiría perfectamente el funcionamiento de mi mente agrícola: “Cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto, cambiaron todas las preguntas”.

 

 

Es cierto que tengo pocas cosas claras. Más bien tengo claras algunas de las que no quiero, las que descarto. Ya descarté hace tiempo la agricultura ecológica de sustitución de insumos. Puestos a citar frases bonitas, unos versos de León Felipe: “No sé muchas cosas, es verdad, / pero me han dormido con todos los cuentos / y sé todos los cuentos”. Pues eso, que con este cuento ya no me engañan. Esta manera de hacer agricultura no lleva a ninguna parte, lo tengo muy claro. Por eso este “agricultura libre” que convertí hace un tiempo en mi eslogan. Un “libre” que quiere decir que no le compro un producto “ecológico” envasado a Basf, ni semillas metidas en un sobre de aluminio a Vilmorin; que no acepto que las hortalizas viajen en bandejas de porexpan consumiendo su energía; que no trabajo el campo con tractores, gastando combustibles y liberando el carbono de la tierra; que creo que las cosas deben ser de otro modo.

Esto me lleva al movimiento de la ecología profunda. Este concepto, creado por el filósofo noruego Arne Naess, se contrapone al “ecologismo superficial” que está presente en muchos movimientos ambientalistas, entre ellos la agricultura ecológica convencional, la de “sello”, la de los alimentos “ecológicos” de todo el mundo en los estantes de nuestros supermercados.

La ecología profunda viaja hasta la esencia de las cosas y reconoce el valor inherente de todas las formas de vida, independientemente de la utilidad que tienen para nuestros intereses. Para mí, es una manera de vivir basada en la conciencia, en el respeto por todo lo que nos rodea, en la no-violencia con nuestro planeta, en la interferencia mínima en la vida del resto de seres vivos.

Me pregunto: ¿cómo debe ser esta “agricultura profunda”? Quizá cuando tenga la respuesta ya habrá cambiado la pregunta …

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